La ducha
o como dejarse llevar hasta cierto punto.
Entra en el cuarto de baño semidesnuda, en zapatillas. Abre el grifo de la ducha en donde se halla una bañera altísima que le da por superar, para meterse con las pocas ropas que le quedan en el cuerpo, y ¿ cómo no? Calzada. Abre el grifo, y de la canilla empieza a salir el agua, un agua que escasea, un agua fresca que enseguida se torna cálida, pero que ella sabe que derrochará, mientras su maquillaje emborronado se desliza por su cara, y piensa en qué ocurre con esto, con aquello y con lo de más allá, al calor del vapor hace que abra un poco los labios, y se sienta febrilmente acogida por las dos paredes de baldosas anticuadas que la custodian. Tiende a pensar en los demás, en las cosas que han hecho mal pensando en lo que sea que piensan, y en ese momento de recogimiento carece de autocrítica, porque solo se tiene a ella, y la existencia es preciosa, la suya y la de los demás, aunque en algo hay que entretenerse aparte de en respirar, y admirar la belleza.
No le van tantos papeles. No renuncia a nada, pero se ha vuelto exigente con el tiempo, a pesar que en su vida cotidiana es más bien de soltarse y no pensar en lo que necesita o en lo que cree, y se deja guiar por cierta moral inconsciente. Se divierte, es alegre y extrovertida con quien ella cree que lo merece, y no deja que la pongan en duda, aunque sin llegar a ser insegura, opta por cuestionarse intelectualmente, aunque lo haga forzadamente, por una creencia reciente de que victimizarse supone juzgar mal a los demás continuamente.
En la ducha esta sensación de forcejear con uno mismo desaparece, y aunque no quiere volver a presentarse como victima prefiere reprobar a los demás, con lo que en ese momento le parecen: personas carentes de principios, que ahora le dan la oportunidad de relajarse y conectarse con su estado más primigenio de bienestar.
¡Qué injusto es el mundo íntimo, y qué necesario e irresponsable es escribirlo para mostrar que somos seres imperfectos en continua evolución!
La ducha húmeda, caliente y sensual, no le hace olvidarse de que está mojando sus vestimentas, su calzado. ¡Qué extraño lavarse con la ropa puesta!
Se acuerda de las mujeres de las que han abusado, mientras en su mente aparece este tópico visual, se despinta el carmín de labios, y un chorretón de pintura negra que no alcanza a ver se desliza por su mejilla aún. Diríase que es una de ellas, solo que no lo es, ella ya no se victimiza. El solo presupuesto infantil de hacerlo le causa rechazo, y de pronto, siguiendo con ese afán de observar al resto como un grupo de gente pésima, empieza a sentir cierto orgullo de persistir en algunas ideas.
Aunque es consciente que no debe maltratar a los demás, le viene bien ese momento de relax, es pequeño hedonismo que supone quererse, mientras se quita su ropa húmeda y la hecha en el cesto de ropa para lavar.
Se ha dejado llevar ella y su cuerpo. Su cuerpo y ella.
Una noche loca, nada más.
La felicidad para ella es la suma de estados de paz mantenidos en el tiempo, y esta noche siente paz con ella misma. Paz de haber hecho lo que nunca supo hacer en equilibrio: quererse queriendo a los demás.
Una noche loca, que ahora se desvanece entre los vagos recuerdos de un pasado inmediato de besos y caricias, que nunca más se darán, pero que le han proporcionado una sonrisa que ahora se dibuja con una calma perfecta entre el vapor de agua, y la soledad.

